viernes, 6 de abril de 2012

El medallón de Stern - I


— Estamos sobre la señal, hemos llegado. Buscaré un lugar donde aterrizar.

— Procura que sea a las afueras de la aldea, no debemos llamar la atención.

— Entendido.

El impecable Icarus Maximal de dos plazas en tándem color violeta, marcado con el número 2912, desciende lenta y silenciosamente, para posarse en un claro cercano.

— No sé por qué nos enviaron a nosotros.

— Tranquilo Lennox, que nos iremos pronto. No olvides llevar tu arma.

— ¿En verdad crees que sea necesaria?

— Es una orden.

— Okay, teniente.

Ambos pilotos dejan la nave atrás caminando rápida y eficazmente por una vereda entre el frondoso bosque. Llevan puestas túnicas para ocultar los uniformes, insignias y pertrechos. También, uno de ellos lleva una mochila a la espalda. Al llegar a la aldea, no hay nadie en sus pequeñas, descuidadas y rusticas calles, todo es desolación.

— ¿Y ahora?

Siguen caminando sin detenerse hasta topar con unas vías de tren que con sus catenarias suspendidas, forman una telaraña que atrapa sin salida a las decenas de enormes tractocamiones estacionados. A lo lejos, música, gritos de mujeres traviesas y carcajadas, empiezan a escucharse.

— Es por ahí.

Llegan a una especie de taberna de mala muerte donde se nota fácilmente que adentro todo es un alboroto. Mirándose mutuamente y sin decir palabra, entran a ese lugar donde la lujuria y el pecado dominan el ambiente pestilente: Hombres fornidos, sudorosos y grotescos, meten mano sin pudor a las mujeres que por dinero lo permiten, entre drogas y alcohol.

lunes, 26 de marzo de 2012

Café


Despertar.
No quiero.

Ojos cerrados.
¿Para qué abrirlos?

Poco a poco estiro cada parte de mi cuerpo.
Duele un poco. Es delicioso.

¡Qué bien se siente!
Me hacía falta.

Un giro rápido.
Ahora, boca abajo, con la cabeza en el borde de la cama.

Veo el reloj.
Aún es temprano.

Trato de alcanzar el handy.
Está demasiado lejos.

No importa.
Vuelvo a taparme con las sábanas.

Desde la puerta de la habitación,
Tu voz.

Buenos días.

Paso a paso te acercas. Hago un hueco en la cama, para que te sientes a mi lado. Doblo las rodillas para que recargues tu espalda. Mis manos rozan tus brazos. Los recorren lentamente, hasta llegar a los hombros. No me cuesta trabajo, es sólo una insinuación y, de forma natural, casi mágica, te recuestas sobre mí.

Buenos días.

¿Qué tal dormiste?

Bien.

Me quedé viéndote hasta que te quedaras dormido.

Mis manos juegan con tu cabello. Cabes perfectamente entre mis brazos.

Gracias por cuidarme, pequeña.

No te estoy haciendo un favor. Has tenido una semana difícil. Necesitabas dormir.

Sonrisas.

Lo sé. Me hace mucho bien estar contigo. Te extrañaba.

Y yo a ti.

Los minutos se detienen. El mundo no importa.
Tranquilidad.

— ¿Quieres café?

Sí. Contigo, siempre, cada mañana.

martes, 13 de marzo de 2012

Mirando las estrellas

Pero, ¿qué fue lo que te han dicho?

No responde. De hecho, ha pasado toda la noche ignorándome desde que salió de la reunión, inclusive en la cena, o cuando bailamos. Me molesta mucho que lo haga, lo reconozco, acaba con mis nervios. He tratado de ser una mujer comprensiva y, sobre todo, he intentado mostrarle mucha empatía; porque sé lo que está pasando, no sólo con ella y su hija, sino también, con la Fundación.

Sonará muy trillado, increíble, pero todo lo que he hecho ha sido por amor y nada más. Por estar con él, a su lado. Y ya lo sé, a mis treinta, nunca imaginé que estaría aquí, destruyendo un matrimonio y envuelta en cientos; no, miles de asquerosos cotilleos que me implican y juzgan, sobre mi insaciable ambición por el poder, el lujo, y la belleza. Porque eso si, nadie puede negar que no estoy buena: Mis torneadas piernas, mi culo parado y mis tetas firmes fueron las causantes de que te fijaras en mí, no mi palmarés académico. Ése, a nadie le importa.

Paso de lo que digan, ya me vale. Porque al final, estoy contigo. Adoro ir de compras y que demores horas escogiendo un buen jamón sin que olvides las olivas, ver una película a pedacitos porque no dejas de darme besos, o las tertulias con tus conocidos donde siempre te luces presentando cada vez un mejor vino. Tus charlas emocionadas sobre el proyecto Prometeo, los nuevos planetas que se han descubierto, lo orgulloso que estás de Kya y últimamente, ese extraño medallón que se te ha metido tanto a la cabeza. Si esas voces tan solo supieran que pasan dos días sin verte y la cosa va un poco mal, que te extraño, mi mundo se derrumba y, tan sólo quiero correr a tus brazos.

Así, te acomodas de nuevo en el asiento para sacar de la cigarrera un nuevo Montecristo. Te conozco, lo enciendes como coartada, porque estás nervioso. Pongo de nuevo mi voz más dulce, la que tanto te gusta, para intentar acercarme de nuevo.

— ¿Qué te pasa, Kaz?

Sin mirarme siquiera, sueltas las palabras entre la bocanada de humo.

— Le pediré el divorcio a Píxel.

No te lo compro, así de fácil.

— ¡No seas gilipollas, joder! ¿Por qué me dices eso ahora?

Está bien, exageré, no tienes porque reprochármelo con la mirada. Golpeas dos veces finamente el cristal que nos separa del chofer y pides que se detenga la limousine. Me miras fijamente a los ojos mientras abres la puerta, necesitas aire fresco, no tienes que decirlo.

Caminas unos pasos para alejarte. Es una hermosa noche de verano y, el castillo de Neuschwanstein se ve a lo lejos, en todo su esplendor. Cumple cabal todas las historias fantásticas que lo rodean, realmente parece sacado de un cuento de hadas, aunque por dentro, o por lo menos hoy durante el coctel, no ha sido tan espectacular.

— Me han dicho que Kya debe ir por el medallón.

— ¿Kya?, ¿pero, por qué? —. Te digo sorprendida.

No lo sé. No me agrada la idea —. Y vuelves a jugar con el cigarro.

Tranquilo, si ellos te lo han dicho, será por algo.

Extiendes tu brazo pidiéndome. Sabes que lo haré pese a que ya empieza a dolerme. Porque sé que te tengo a medias, y con esa parte, aunque sea muy pequeñita, me conformo.

— Estoy aburrido del auto y la noche es muy bella. Te propongo algo.

— ¿Sí, qué? —, respondo con interés.

— Voy a pedir un helicóptero. Mientras tanto, quedémonos aquí mirando las estrellas.

— ¿Mirando las estrellas? ¿Y eso? —, esto es algo nuevo para mí.

— Se lo aprendí a una pareja de amigos que espero pronto puedas conocer.

lunes, 27 de febrero de 2012

La leyenda de Maat y Aker


¡Lunas tan grandes! ¡Lunas tan bellas!
¡Qué bonitas se ven desde aquí!

¡Lunas tan grandes! ¡Lunas tan bellas!
¿Desde cuándo me observan?

Decía la niña al caminar por la orilla del lago. Acompañada de su fiel guardiana, una hermosa pantera negra, que la cuida desde que nació — creada con el poder mágico de su padre y, al que solamente tiene derecho la familia real —, la niña debía acudir siempre a esa cita todos los días: Ver nacer a las dos Lunas en el horizonte, para después, acompañarlas en su largo recorrido hacia el trono del cielo.

Esta cita era un pacto milenario, que debía realizar la primera hija del rey en turno, generación tras generación: Ella debía ser símbolo de verdad, justicia y armonía cósmica, como así lo ordenaron ellos desde el origen del tiempo. Por su parte, las Lunas con luz maternal, guiarían el regreso de la niña al palacio.

— ¡Vamos Sol, vete ya de aquí! ¡No molestes más! — Reprochaba la niña, porque ese día, el Sol continuaba en el cielo más tiempo de lo debido.

— Es por tu culpa, Sol, que no puedo verlas ahorita. ¡Es por tu culpa Sol, que no aparecen a nuestra cita!

La pantera de la niña se distraía con las luciérnagas que volaban poco a poco por el lugar, desconcertadas por tanta luz que había. La niña cerraba los puños con recelo, porque el Sol, no permitía que las Lunas asomaran con timidez su primera ilusión. Mucho menos que las estrellas aparecieran para ayudarles, en la difícil tarea de colocar el manto perfecto de la oscuridad.

Ante esta situación, recargándose en su árbol especial, la niña dejo al Tiempo la tarea de quitar al Sol del cielo. Pasado un rato, la niña descubrió que el Tiempo no hacía nada y, simplemente guardaba silencio. La niña no sabía que pensar.

¿Es que acaso, las Lunas se han enojado conmigo?
¿Se habrá roto el pacto? ¿Me han dejado sola?


Los miedos de la niña provocaron que el cielo se cubriera de nubes, para después llover, ocultando las lágrimas que la niña derramaba tristemente  por su desesperación. Acurrucada en sí misma, bajo la mirada del cielo. La lluvia cesó, pero el dolor no. Buscaba respuestas en todas partes y, sin encontrarlas, echó a correr sin sentido, terminando en el suelo, rendida, sin saber como se había perdido.

De repente, todo se transformó en olvido. La niña escuchó una voz.

— Disculpa, pero creo que alguien te estaba buscando.

Ella se levantó fugazmente de su lecho, sorprendida, vio a su pantera acompañada por otra, pero esta era albina. Y a un jovencito, con el cabello largo y plateado. Sus ojos azules, reflejaban una mirada inocente. La piel muy blanca pero no pálida, le daba una apariencia amable y educada. Iba vestido con ropas desgarradas. Pero, sobresalía especialmente, el hermoso medallón de oro con forma de estrella, que brillaba y llevaba colgado.

— ¿Quién eres? — Ella preguntó.

— Dejé mi barca en el muelle, hoy no hubo mucho que pescar. Sin darme cuenta, se me hizo tarde. Pasaba por aquí rumbo a mi casa, que se encuentra del otro lado del lago. Encontré a tu pantera perdida en medio de la lluvia, me ha dicho que estaba preocupada por ti.

— ¿Pero, quién eres? — Insistió.

Extrañamente, la pantera negra de la niña no se apartaba del jovencito. De hecho, era cariñosa con él, algo que no acostumbraba hacer con extraños, mucho menos comunicarse con ellos. Más incomprensible aún, entrelazaba su cola con la de la pantera albina.
Además, los seres guardianes mágicos solo estaban reservados para la familia real... Y a ellos...

La niña ya había visto algunas veces al jovencito sobre la barca, desde lo lejos, en el lago pescando. Y también notado que cuando él desaparecía, las Lunas se descubrían.

— Me llamo Aker —, le contestó —.  ¿Y tú?

Silencio. Simplemente se ven a los ojos.


— Yo soy Maat —. Ella replicó.

— ¡¿Eres la hija del Rey?! —  El joven tímido susurró.

— Sí, pero no tengas miedo.

— Nunca te había visto, solamente escuchado historias, en el pueblo...

— Pero yo a ti, sí —. Ella comentó.

Sonrisas. El viento se lleva lentamente a las nubes, mientras una sensación nace en el corazón de la niña. Es algo que nunca antes había sentido, nuevo, que ella respira.

— Debo irme. Tengo que llevar la pesca a casa.

— ¡NO! — Ella grita tomando de la mano al jovencito que ya partía.

El cielo se ha despejado. El Sol se dirige hacia el horizonte. La oscuridad empieza a conquistarlo todo rápidamente. Maat y Aker se acercan, se miran, exploran sus ojos y cierran sus heridas. Sus manos son fuentes de caricias compartidas. Entre los brazos de cada uno, el fuego los domina.

Maat se aparta y quita las finas ropas que cubren su cuerpo. Desnuda, le muestra su alma, que brilla cálidamente sobre sus pequeños y temblorosos pechos. Aker cierra los ojos. El medallón se ilumina. Con el torso partido, él deja escapar un pequeño quejido.

El medallón, ha desaparecido.

Los dos se acercan, y sin pedirlo, se dan un beso enloquecido. El Sol ya esta escondido y las Lunas, aún no han aparecido. La tarde es ahora, quien ha nacido.

El beso ha terminado y con un nuevo suspiro, del cuello de la niña es el medallón, quien ahora ha relucido.

Caminan tomados de la mano. Las Lunas gobiernan el cielo y con cada deseo que desde este lugar ellos han pedido, una nueva estrella aparece, con la ilusión titilante de un futuro compartido:

Stern.

Esta noche se han separado. Ella ha prometido acompañarlo a pescar siempre, no sin antes, darse un nuevo beso, para que el alba pueda nacer.

domingo, 26 de febrero de 2012

Phoebe* (11.11.2033)


Respirar y esperar,
ver qué trae la marea.

Mis palabras.

El miedo y la culpa,
No dejaban otra opción.

Ahora, todo ha cambiado.

Tuve una ilusión,
y me arriesgué.

Hoy sé lo que hay del otro lado del mar,
Gracias a ti.

No pienso dejarte ir,
Porque sería negarme a mí misma.

La distancia se acorta.

Volar,
por fín.