domingo, 26 de febrero de 2012

Phoebe* (11.11.2033)


Respirar y esperar,
ver qué trae la marea.

Mis palabras.

El miedo y la culpa,
No dejaban otra opción.

Ahora, todo ha cambiado.

Tuve una ilusión,
y me arriesgué.

Hoy sé lo que hay del otro lado del mar,
Gracias a ti.

No pienso dejarte ir,
Porque sería negarme a mí misma.

La distancia se acorta.

Volar,
por fín.

sábado, 25 de febrero de 2012

Remedio


El escritor, desesperado, contaba con preocupación sus síntomas.

―Paso horas sentado y no me sale nada. Por más que pujo, ¡nada! Y de tanto intentarlo, termino con las piernas entumidas, el estómago adolorido, las manos temblorosas, ¡y la cabeza a punto de estallar!

Con actitud afable, el doctor escuchaba mientras le escribía al mismo tiempo una receta. Al terminar y entregársela, éste le dijo con voz segura.

―Tranquilo, buen hombre; que he visto ya muchas veces su enfermedad y puede estar seguro que tiene cura. Sólo debe ir a la farmacia por la medicina y tomarse dos cucharaditas cada seis horas durante tres días. Verá que después de eso, ¡estará como nuevo!

Sin decir adiós, el escritor se dirigió corriendo hacia la farmacia, para pedir lleno de júbilo el remedio a su falta de inspiración.

―¡Me da dos sopas de letras, por favor!

viernes, 24 de febrero de 2012

Oficio


Escondió rápidamente la estampita del ángel guardián donde pudo, al ver que un auto se detenía frente a ella. Le empezaba a tener fe, porque desde que la llevaba consigo, ningún cliente la había golpeado de nuevo. Al bajar el cristal, el rostro de un hombre bien parecido, pero con cierto toque de misterio, le preguntó.

―¿Cuánto?

―Mil doscientos la hora, más el cuarto.

Después de desnudarla otra vez con la mirada, el hombre le pidió que se quitara la chaqueta y volteara. Algo que en condiciones normales no haría tan fácil, pero por la marca del auto, ropa y actitud, presentía que podía ganar mucho dinero con el tipo esa noche. Dinero que necesitaba para sacar a su hija de la casa hogar donde estaba, y largarse muy lejos de ahí. Tanto lo deseaba, que hasta juró dejar de inhalar coca.

―¿Te gusta mi culo? A que sí, Baby.

―¿Y los extas?

―A quinientos la mamada y mil más si quieres darme por el chiquito.

―Súbete.

Pasaron a toda velocidad por la zona motelera, lo cual le preocupó a ella bastante.

―¿A dónde me llevas? ―, le preguntó notablemente nerviosa.

―Vamos a una fiesta.

―Pero...

―Tranquila, es aquí adelante―, decía el hombre con voz segura mientras le entregaba un fajo de billetes. 

―Aquí está tu dinero. Si la paso bien, me harás el trabajo completo y te pagaré el doble. ¿Estamos?

Sorprendida por ver tantos billetes juntos, solamente atinó a decir que sí con un leve movimiento de cabeza. La fiesta era un bullicio de gente, donde los gritos y la música se escuchaban por doquier. Bailaron, charlaron y bebieron lo que quisieron entre un mar de sonrisas, juegos y coqueteos. ¡Nunca antes había sido tan feliz! ¡Nunca antes la habían tratado así! Tanto, que después de atreverse a darle un primer beso, cayó desmayada entre sus brazos.

Al despertar, el sonido de las olas rompiendo en la playa la asustó. Se levantó para recorrer fascinada la pequeña pero hermosa casa frente al mar, y rompió en llanto al descubrir que su hija dormía tranquilamente en una habitación. Mientras tanto, en las puertas del cielo, Dios esperaba impaciente al hombre.

―No me gustan tus métodos, Miguel. El beso fue demasiado.

Gajes del oficio, Jefe.

jueves, 23 de febrero de 2012

Náufrago

Boca abajo, exhausto y sin ropas, el hombre abrió con dificultad los ojos. Adolorido, trató de incorporarse mientras su aliento reflejaba lo que asombrado veía: La inmensidad de ese lugar. Confuso, no lograba entender como después del huracán de la noche anterior, la mañana estaba tan tranquila. Así que decidió recorrer aquella extraña isla en búsqueda de una respuesta.

Después de andar largo trecho, se dió cuenta de que se encontraba solo.

―¿Qué tan grande puede ser una cama? ―, susurró vencido.

Su mujer, ya se había ido a trabajar.